PRÓLOGO

Héctor Schmucler

TRAS LA BÚSQUEDA

La memoria de nosotros mismos

“El collar químico de ADN que envuelve el cuello a veces como un hermoso adorno –nuestro derecho de nacimiento, nuestra historia- y otras veces como un nudo corredizo”A.M. Holmes, La hija de la amant

Ya conocía algunas de las historias que ilustran este libro, cuando Alejandro Incháurregui me facilitó la totalidad de los originales. Sucesivas lecturas, que por supuesto incluía el conjunto de los materiales elaborados por el equipo que él dirige, no sólo reforzaron la atracción que me había provocado el anterior relato oral sino que me sumergieron en un imparable torbellino de preguntas. De ese torbellino surgen las dispersas reflexiones que siguen. 

Hace años, cuando yo cursaba la escuela primaria, la memoria de la Historia Argentina incorporaba algunos sintagmas cuyo valor educativo estaba muy por encima de su significado inmediato. La historia (solía aceptarse que había una historia y casi nadie dudaba de la importancia de conocerla) se consagraba en hechos heroicos y ejemplares. “El tambor de Tacuarí”, pongamos por caso, al evocar el sacrificio de ese niño de 12 años que animaba fogosamente con su instrumento a las tropas del general Belgrano en Paraguay, resumía un entusiasmo patriótico que no reparaba en edades. Especie de esencialidad heroica, además, puesto que se trataba de un niño. 

Otro sintagma era “La imprenta de los niños expósitos”. Mal que mal, sabíamos que esa célebre imprenta de Buenos Aires funcionaba desde 1780 gracias a la ma- quinaria que, antes de su expulsión, había sido propiedad de los jesuitas en Córdoba. Sabíamos también que el prestigio de la imprenta se vinculaba al hecho de que allí se habían publicado páginas relevantes para el proceso de independencia que se abrió el 25 de mayo de 1810: desde la traducción de El contrato social de Rousseau, hasta La Gaceta de Buenos Ayres, el periódico portavoz de la revolución dirigido por Mariano Moreno. 

Seguramente, de tanto repetirlos, se nos escapaban los detalles de los indudables enunciados. ¿Por qué ese nombre, Imprenta de los Niños Expósitos? Hace seis o siete décadas –allí me remiten los recuerdos- haría tiempo que ya no se les llamaba así, expósitos, a los niños abandonados por sus padres. El término, de origen latino, aludía a los niños ex-puestos, es decir, puestos afuera para desprenderse de ellos y que, según su suerte, serían criados por alguien que eventualmente los recogiera. Justamente, poco antes que la imprenta, en 1779, el virrey Vertiz había fundado una Casa de Niños Expósitos para proteger a esos niños y parte de las ganancias provenientes de la imprenta, que funcionaría en el interior de la Casa, estaría destinada al mantenimiento de la misma. Además, se sostenía, la imprenta ayudaría a los niños a encontrar una ocupación digna y educación en el arte de la impresión. 

Aunque la memoria se haya fijado en la Imprenta, mi interés, ahora, se concentra en la Casa, en los expósitos, primer eslabón de una cadena de sinsabores y generosidades que constituye la historia, aún parcialmente escrita en Argentina, de los niños no criados por sus padres biológicos. Los expósitos, en aquel pasado, enfrentaban el inmediato riesgo de su muerte física; lejanas de aquella realidad, las evitables muertes de niños abandonados en nuestros días no debería dejar de martirizar nuestras conciencias. Con todo, el mundo en el que incursionan las páginas de este libro, parece distante. Aquí se habla particularmente –aunque no sólo- de la búsqueda de la “identidad de origen” como problema y drama de un número sorprendente de personas (donde predominan aquellos surgidos de adopciones de niños y de apropiaciones siempre indebidas). Es cierto, también, que se vuelven incomparables los tiempos: son otros los hábitos actuales, otras las creencias y convicciones generalizadas. Los asocia la trama de sufrimientos y de esperanzas que repite el existir humano. 

Volvamos a los expósitos. Algunos relatos que describen el Buenos Aires de 1779 resultan consternantes. España había mandado 9000 soldados para mantener la seguridad del recientemente abierto puerto, en una ciudad que no alcanzaba los 40.000 habitantes. Una de sus consecuencias fue la multiplicación de las violaciones y em- barazos no queridos. Las afectadas, como es previsible, fueron primordialmente las esclavas negras y mulatas, las siervas mestizas. Pobres, desamparados. La historia será persistente: la injusticia y la pobreza serán casi siempre la sombra que acompaña al abandono. Hay relatos donde se sugiere que algunos niños abandonados en las puertas llegaron a ser comidos por perros y cerdos que andaban libremente. Las calles eran de tierra y no había veredas. El agua de la lluvia se metía en todas partes. 

La Casa de Niños Expósitos tendía a proteger a las criaturas; además, aseguraba el anonimato de la madre y borraba para siempre la identidad del hijo. El “torno”, una especie de puerta giratoria, permitía que el niño fuera depositado en una bandeja y que, tras un golpe de campanilla, desde adentro se hiciera girar el torno para tomar la criatura depositada. El rostro del depositante y de quien lo recibía no se cruzaban en ningún momento. 

Ya en la Casa el niño tenía más posibilidades de sobrevivir aunque las muertes, de todas maneras, alcanzaban un porcentaje cercano a la mitad del total de niños acogidos. Mientras tanto, veloces, se levantaron voces acusatorias que señalaban la existen- cia de la Casa como un estímulo para el abandono de los hijos productos del pecado. Lo que debía evitarse era el pecado. De allí hasta ahora crecieron las leyes protectoras, las exigencias de cuidado y de verdad. La marca infamante del expósito (que derivó en Es- pósito, incorporado a la serie de los patronímicos) prácticamente no ha dejado huella. Casi siempre, en cambio, merodea amenazante el problema de la pobreza; la injusticia apenas cede ocasionalmente. 

La pregunta por la identidad de origen, por supuesto, no escapa a las considera- ciones sociológicas. Pero va más allá, es decir, no se agota en la explicación sobre las imperfectas estructuras de las sociedades: la necesidad de conocer nuestra identidad de origen parece consustancial con la condición humana. Alguna vez, en cualquier edad, por motivaciones y caminos diversos, surge la imperiosa pregunta por el origen, cuya ignorancia ha dejado marcas permanentes en un número insospechado de personas. Basta con mirar a quienes nos rodean y a nosotros mismos, aunque no siempre estén presentes en nuestras conciencias. Cada día se está jugando un pasado desconocido, ocultado, aún olvidado. 

En nuestras manos nos quedan los casos derivados de testimonios a los que hoy podemos acceder. De más atrás, nos acompañan memorias familiares. Estamos habitados por relatos literarios que a veces responden al interrogante sobre nuestro origen, El tema de la identidad de origen circula en las entrañas mismas de nuestra cultura. El orden del entendimiento sería otro sin la tragedia de Edipo, que se sostiene sobre su desconocida identidad de origen; también sería otro sin la tragedia de Antígona, que impuso para siempre el valor de las leyes del origen sobre las conveniencias de las leyes del Estado. 

Tal vez la historia del pensar humano, es decir, la historia de la humanidad, reconozca la presencia incesante de una pregunta: ¿qué somos los seres humanos? De allí, al drama de cada uno media apenas un paso, otra pregunta: ¿Quién soy? Otras más son derivadas: ¿ por qué estoy?, ¿para qué? La pregunta inicial no deja de ser paradójica: podemos hacerla porque somos seres humanos y, a la vez, nos hacemos humanos en la medida que nos la formulamos. Las respuestas, desde siempre, han venido de la mano de grandes construcciones imaginarias: mitos, religiones, sistemas científicos. En todos los casos apuntan a señalar un origen y siempre, de maneras distintas, aportan alguna sensación de calma aún cuando no todas las veces indiquen futuros venturosos. Lo verdaderamente insoportable es la oscura región de la nada. Por eso la necesidad de saber que alguna vez se ha nacido y que los seres corrientes, hasta ahora, han requerido la existencia de una madre y un padre. Pero el origen no es tan puntual; detrás está el linaje de quienes nos engendraron. (Borges, “Al hijo”: No soy yo quien te engendra. Son los muertos./ Son mi padre, su padre y sus mayores;/ son los que un largo dédalo de amores/ trazaron desde Adán)

La identidad de origen no se agota en una partida de nacimiento: necesitamos reconocer un cuerpo, una mirada, una voz. Y más allá, saber de quienes engendraron a los que nos dieron vida, y quienes eran los que se pierden en la memoria. Para el irre- suelto enigma de los comienzos, de lo que está antes de cualquier origen, sólo queda el misterio de la eternidad, pero la eternidad no es parte de nuestra experiencia. Sabemos que no somos eternos. En cambio, estamos convencidos de que alguna vez nacimos y aprendemos, con mayor o menor asombro, que alguna vez moriremos. Aceptarnos como mortales es nuestro más primitivo y trascendente acto de conciencia. Si bien normalmente ignoramos el momento exacto en que moriremos, estamos seguros de que podemos conocer con precisión la circunstancia de nuestro nacimiento. Aún así, no importa tanto la exactitud cronológica; lo que necesitamos es no dudar sobre nuestra identidad, sobre aquello que nos permita reconocernos como provenientes de alguna parte. La contracara es la siguiente: porque nada es más definitivo que la muerte, no toleramos que vacile la verdad sobre la muerte de los seres próximos. Nuestra propia identidad queda resentida. Estar vivo o estar muerto es la elemental condición del ser humano, de su reconocimiento como tal. La incertidumbre sobre la muerte instala una desarmonía irreductible, desesperanzada. Por eso la categoría de “desaparecido” tiene algo de mostruoso, inaceptable para la comprensión y el sentimiento humano. Entre la vida y la muerte nada puede describirse. Tampoco hay reposo para el que busca.La condición de desaparecido es la carencia absoluta de identidad. Los muertos sin cuerpo, sin testigos, son un puro hueco. No en vano el Purgatorio fue concebido como lugar de tránsito: es impensable la espera sin límites. 

Necesitamos saber que hemos nacido como condición previa y necesaria para ser “alguien”, diferente a todos los otros. Quien siempre ha pensado que aquellos a 

quienes nombra como padre y madre son sus progenitores biológicos, siente que se abre un abismo cuando descubre que se trata de un engaño. Pareciera desdibujarse la convicción de haber nacido. No otro es el tema que transita en algunas de las historias que muestra este libro y que ponen de manifiesto la gravedad sustantiva de la “apro- piación” muchas veces confundida con una adopción. La “apropiación” de una criatura no sólo borra la memoria de un origen, no sólo se propicia el olvido de una verdad, sino que se llena ese espacio con otra verdad que la suple. Intenta borrar el olvido. Se lo perfecciona. Se vuelve verdad única si algún hecho externo no interviene y entonces las consecuencias son imprevisibles. 

¿La identidad requiere “tener conciencia” de la identidad? No alcanzan, aunque sean necesarios, los datos administrativos ni las categorizaciones estadísticas. El saber que se ha nacido es el primer paso en la construcción de la memoria de sí mismo que constituye la identidad , en la construcción de un yo que necesariamente existe en relación a otros de los que se diferencia y con los que comparte el hecho inalienable de la condición humano: ser sustancialmente una identidad intransferible. La memoria de sí es la suma de recuerdos incorporados de aquello que nos rodea, cosas y vidas, cosas vivientes y también vidas cosificadas (incapaces de memoria). La memoria, pues, como clave de la identidad, de ser alguien. Según los especialistas, los trastornos de la “personalidad” que aparecen en los procesos avanzados de enfermedades neurodegenerativas como la de Alzheimer, derivan de las perturbaciones de la memoria y la atención. En la culminación de estos procesos la identidad queda destruida, no se sabe quién es: la relación con los otros se vuelve prácticamente imposible. Sólo podemos vincularnos desde lo que somos. 

Recién comienza, y puede ser interminable, la disputa que se ensancha en el campo de la psicología y de la ética sobre la significación existencial de la manipulación genética y del peso de la producción artificial de seres humanos sobre la subjetividad en el inmediato futuro. Seguramente todo será más complejo con el tiempo y, por ahora, resulta inimaginable. ¿Cómo hablar de identidad originaria –que presupone la larga historia de la civilización en la que habitamos- ante el desarrollo incesante de las técnicas reproductivas?. ¿Dónde está el origen, en el sentido cultural que le asignamos, ante la posibilidad de la anónima reproducción en una probeta o en un ser nacido de una célula a su vez “intervenida” para condicionar el resultado de la gestación? El ser madre o padre no es apenas una función instrumental en relación al hijo. Y el ser hijo está mucho más allá de la pasividad exigida para el buen funcionamiento de conductas preseñaladas. El vínculo que deja su impronta en la identidad de cada uno no adquiere relevancia por la disposición de dar o recibir, de dar y recibir. La convivencia, en sentido humano, intenta lograr las condiciones espirituales en que el amor pueda hacerse evidente. En última instancia, la identidad es la memoria de nosotros mismos para que el amor sea posible. 

¿De dónde venimos? ¿Dónde anclar la memoria de uno mismo, es decir, de dónde arrancamos para que el pasado nos habilite un lugar para morar en el presente? Se trata del presente, que se escapa cuando el pasado se diluye. Aunque se repita que la búsqueda de la identidad de origen cala en la indagación del pasado, lo que en realidad se busca es vivir el presente. Poseer una identidad es un acto de memoria amasada con rostros y acontecimientos. También, para muchos, con la memoria de un dios. En todo caso, la memoria sólo puede ejercerse en el presente. Sólo en el presente se puede ser uno mismo, actualizar el recuerdo de nuestro pasado. Y siempre se trata de un límite tenue: cuando el presente puede ser observado, ya es pasado. La duda, que empuja a confirmar la identidad, es un estado de inseguridad, una zona amorfa irreconocible, indiferenciada, anónima. Cuando indago por mi identidad, es otro al que busco, el que ahora no soy. No me reconozco y lo que necesito es saber que soy yo mismo. 

Aún unas palabras sobre la existencia misma de este libro. Los relatos conteni- dos enseñan sobre las ideas morales que alimentan la trama cultural de gran parte de la sociedad. Remiten, con ejemplar sinceridad, a la urdimbre de intereses ideológicos y económicos que suelen llevar al padecimiento de personas necesitadas de componer su identidad para restablecer un vínculo adecuado con los otros. Los relatos no necesariamente concluyen con finales felices y valen más por los interrogantes que abren que por las respuestas edificantes. Una sociedad que mide el bienestar en estrictas verifica- ciones de consumo de bienes puestos en circulación por el mercado, no está habilitada espontáneamente para privilegiar la intangible necesidad de identidad. Cabe ahora preguntarse: ¿cuando una madre busca a su hijo del cual alguna vez fue despojado, o al que abandonó impedida de criarlo, intenta consolidar la identidad de su hijo o es ella misma la que busca recuperarla en el reencuentro ?. Pero ésto ya es una abstracción del pensamiento: rigurosamente, nadie busca la identidad ni la ofrece. Se busca al hijo, a la madre, al padre, al hermano, porque sí. La indemostrable afirmación de que “la sangre llama” se ha expandido con un cortejo de consecuencias estrechamente deterministas, con tal carga negadora de la libertad humana, con tan marcado tinte racista, que bien merece ponerla en duda, dejarla en el cesto de lo olvidable. Seguramente son de diferente naturaleza las llamadas que empujan al encuentro con el otro: el amor, el anhelante hueco de una memoria que necesita saber cuándo y cómo se llegó al mundo porque algo profundo e indefinible se violenta cuando alguien se siente excluido de un grupo humano al no poder compartir con los otros la memoria de su origen. 

Éste es un libro de interrogantes que, extrañamente, fue creciendo en el seno de una entidad que bien podría no escapar a la insensibilidad de la burocracia. Al margen de cualquier conveniencia, de cualquier esperable corrección interesada, el hecho me- rece un especial subrayado: se han debido conjugar tiempos propicios, personas no sólo motivadas por el cumplimiento de sus funciones sino sensibles al dolor y la esperanza, para que un organismo de seguridad propicie la publicación de un trabajo en marcha que no sólo destaca los logros alcanzados sino que se pregunta sin disimulo sobre los fracasos. Más que los reglamentos, interesan aquí los enigmas de la condición humana como camino a la justicia y a la satisfacción de derechos. Se trata, sí, de estimular un orden aunque no se da por sentado el conocimiento pleno de cual es ese orden previo que hay que restituir. Sorprende –no hay por qué disimularlo- que un organismo estatal esté dispuesto a aprender cuáles son sus funciones en la experiencia misma de cumplirlas. No es poco en medio de la confusión. 

Héctor Schmucler

*imagenes del video realizado por la Universidad de Córdoba